El espejo del Hilton
Llevaba horas frente a la pantalla sin hacer nada real. La habitación era demasiado grande para una persona sola... una antigua hacienda convertida en Hilton, con techos altos que no combinaban con la televisión plana ni con el menú de room service. Frente al escritorio habían puesto un espejo. ¿Para qué? ¿Quién pone un espejo frente a un escritorio?
Me tallé los ojos y al abrirlos lo vi: un punto rojo, brillante, flotando en el reflejo, justo detrás de mi hombro izquierdo. Pensé en las cámaras ocultas de las que te advierten en internet, en algo electrónico, algo explicable. Pero el rojo no parpadeaba. Estaba fijo. Me quedé mirándolo más tiempo del que debí.
Cuando finalmente volteé, no había nada. Solo la pared. Solo el cuarto. Pero el aire detrás de mí se sentía distinto... como si algo acabara de moverse.
Me froté los ojos y volví a la pantalla. Detuve la música. No sé por qué, pero sentí la necesidad de pausarla. Me recargué en el respaldo de la silla y estiré el cuello hacia atrás, en esa larga flexión que busca alargar la espalda. Mi cabeza colgando hacia atrás del respaldo.
Y entonces, el frío sobre mi hombro izquierdo.
Parecido a dos dedos, pero con unas puntas afiladas que podían ser uñas. Los dedos eran suaves, calientes. Pero lo que nacía de sus puntas era otra cosa... algo duro, algo que no debería estar ahí. No tenía sentido.
No me animé a abrir los ojos. Tenía miedo de lo que pudiera encontrar.
No quise abrir los ojos. No otra vez. Esos dedos siguieron avanzando, ahora sobre mi pecho. A la altura del esternón se detuvieron. Las puntas afiladas hicieron TIC, TOC, exactamente sobre el hueso.
¿Dónde está el corazón de colores?
Sabía que estaba ahí. Ello. Eso. Aquello. No tenía nombre y no lo necesitaba. Estaba paralizado. Lo último que recordaba con claridad era mi reflejo frente al espejo y la luz roja detrás de mí. La que nunca vi al voltear.
Otra vez: TIC, TOC. TIC, TOC. Tomó el ritmo de mi corazón. Un ardor se extendió desde el esternón hacia los brazos, hasta la punta de los dedos. Y cuando el dolor era tan intenso que me obligó a abrir los ojos para gritar, me di cuenta de que estaba siendo devorado por el espejo.
Desde entonces miro a cada persona que entra. A cada pareja que hace el amor. A cada niño haciendo gestos frente a mí.
Y no sé cómo salir de aquí.