Breve tratado filosófico contra el provecho
San Luis Potosí, domingo 15 de marzo de 2026.
Breve tratado filosófico contra el provecho.
Hay pocas cosas que me emperren más que escuchar a una persona que no conozco interrumpirme para decirme "provecho".
Esa maldita costumbre mexicana, tan marcada en ciudades como esta, San Luis, en donde la gente siente esa impetuosa necesidad incontrolable de interrumpirte mientras le estás dando un bocado a tu omelette o un sorbo a tu café, hablarte de la nada y disparar a bocajarro un "provecho".
Y aún así quedarse ahí, mirándote, esperando ansiosamente a que tú les respondas con otra palabra. A una persona que no conoces. A una persona que, de acuerdo a la estadística más básica, no volverás a ver en tu perra vida.
Y esto no es el viejo gritándole al cielo. No es una rabieta de persona mayor ni una rabieta de tío. Desde que me acuerdo no hay nada que me emperre más que el "provecho".
En Ciudad de México cada vez se usa menos, pero sigue presente. Y no es una cuestión generacional. Uno podría pensar que los mayores así crecieron, así aprendieron. No. También personas jóvenes lo hacen.
Y yo me sigo preguntando por qué.
¿Por qué chingados alguien se atrevería a interrumpirte, sea que estés solo, comiendo por tu cuenta, desayunando a medio bocado, a medio sorbo, o peor aún cuando estás en una conversación con otra persona? ¿Cuál es ese atrevimiento? ¿Cuál es esa energía vital, metafísica, astrofísica y quizá ancestral que los lleva a abrir la boca para decir "provecho"?
Carajo.
¿Y qué esperan a cambio? ¿Esperan sentirse bien? ¿Es algo que les dará paz a su corazón? ¿Sinceramente están preocupados porque lo que estoy comiendo me caiga bien y no me enferme? ¿Será un interés legítimo por mi salud? ¿Cuál es el objetivo? ¿Cuál es la intención?
Siempre me lo he preguntado.
Claro que lo entiendo. Es una manera de validarse, de hacerse notar, de no pasar desapercibidos. Es como apoyarse en un pasamanos para subir una escalera. Yo así lo veo.
Pero también está la otra parte: cuando esperan que les respondas.
Yo lo hago en rarísimas ocasiones. Si acaso me limito a un gesto con la mano, con la única intención, y quizás es una batalla contra molinos de viento, de que se den cuenta de lo incómodo que es quedarse en esto.
También en innumerables ocasiones me ha tocado escuchar detrás de mí: "¡Qué grosero!", "¡Qué maleducado!", "¡No contestó!", "¡Qué patán!". Como si el hecho de haber sido interrumpido y de molestarme por ello me convirtiera inmediatamente en una persona descortés.
Ridículo.
No estoy en contra de ese bonito momento cuando estás en una mesa con alguien que conoces, con amigos, familia, compañeros de trabajo, y muy elegantemente dices "buen provecho", "bon appétit", "enjoy". Eso está bien, está cuco, está nice. Es bonito. Son personas con las que estás compartiendo la mesa, personas que aprecias, con las que convives. Es una fórmula de cortesía y a mí me gustan esas fórmulas de cortesía.
Pero ¿con personas que no conoces? ¿Qué pinche necesidad?
Cuando entro a un lugar y veo a otras personas comiendo, ni las topo ni las volveré a topar. Está científicamente comprobado por numerosos estudios de universidades prestigiosísimas a nivel intercontinental que la persona con la que me estoy topando no me la volveré a encontrar jamás en la vida.
Entonces, ¿por qué carajos tendría yo que interrumpirle diciéndole "provecho"?
Si acaso es en un lugar pequeño, un domingo, en un ambiente relajado y respetuoso, pues valdría saludar. Buenos días, buenas tardes.
Pero... ¿provecho?
No.
Tenía que sacarlo de mi sistema. Es algo con lo que llevo viviendo décadas.
Décadas, te digo.