Miel

Hace unas semanas publiqué "El espejo del Hilton." Fue la primera pieza de ficción que muestro públicamente en treinta años.

A los veinte escribía cuentos. Publiqué algunos. Después la vida fue tomando otras formas y la ficción se quedó en cajones, en archivos que le mostraba a una o dos personas de confianza, en ideas que nunca terminaban de aterrizar. Seguí escribiendo siempre, pero otra cosa: el blog, la newsletter, textos profesionales. La ficción se fue quedando atrás.

Este año decidí volver. No con la pretensión de recuperar lo que hacía a los veinte, porque ya no soy ese escritor. Sino con la curiosidad de descubrir qué tipo de escritor soy ahora, a los cincuenta, con todo lo que cargo encima.

Algo que debo confesar: yo dicto. Hablo más rápido de lo que escribo, y he aprendido a usar eso a mi favor. Dicto mis ideas, mis escenas, mis párrafos. Después limpio, edito, reorganizo. Es un proceso que suena desordenado pero que me permite llegar a lugares más honestos que cuando me siento a teclear midiendo cada palabra. La voz corre más libre que los dedos. A veces demasiado libre, y ahí es donde entra el trabajo real: podar, contener, darle forma a lo que salió en bruto.

"Miel" nació así. Es mi segundo cuento en este regreso y es un ejercicio. Estoy aflojando los dedos después de mucho tiempo, tomando lecciones por primera vez en mi vida, reaprendiendo el oficio desde otro lugar. La ficción pide que confíes en lo que no entiendes todavía. Y en eso estoy.

Este cuento no es perfecto. Tiene momentos que me gustan y otros que sé que puedo mejorar. Pero prefiero publicar el camino que esperar a tener un producto terminado.

Treinta años después, aquí estamos.


Miel

Ya no puedo más. Se me está acabando el aire. Creo que llegó el momento.

Solo me queda pensar en ella, en todo lo bueno.

Quiero seguir pataleando, quiero seguir moviendo los brazos, pero tengo mucho frío. Creo que llegó el momento. Debo decir adiós.

No puedo abrir la boca, porque si la abro me voy a ahogar. Ya no puedo más.

Esta gruesa capa de hielo que hay encima de mí... ¿cómo llegué aquí? No entiendo. Mis pensamientos van más rápido que lo que me está pasando. ¿Por qué tengo esta oportunidad de reflexionar si estoy a punto de morir?

Solo puedo pensar en sus ojos, en su sonrisa, en su voz. La voz más dulce que recuerde. Es como miel.

Siento que así está bien. Es el momento de dejarme caer. Ya no vale la pena luchar, pero mi cuerpo me sigue empujando hacia arriba. Mi mente ha dejado de pensar. Solamente estoy mirando sus ojos, porque los míos ya están cerrados.

La temperatura es cada vez más baja. Siento cómo el latido de mi corazón empieza a hacerse más lento.

No quiero abrir la boca. No quiero morir así, con ese dolor del ahogamiento.

Abre la boca, idiota. Abre la boca, imbécil.

Nada.

Comienzo a caer.

Sigo mirando sus ojos y la sensación de la miel en mis oídos. Es tibio y contrasta con este frío abrumador.

Mis sentidos están desconectados. Es oficial, ya no siento nada.

Abre la boca, idiota. ¡Abre la boca!

Mi cuerpo ya no responde.

¿Sigo cayendo?

Mis nalgas golpean contra algo caliente. Se siente suave. Me pregunto cómo algo orgánico emana calor.

Estás a punto de morir, idiota. ¿Por qué estás pensando en esto?

Pero parece que estoy cayendo en algo que me abraza. Tal vez es el hecho de morir, tal vez es el pasaje hacia la otra vida. Esto es suave y caliente. Como si fuera un lugar diferente.

¿Será que esta sensación melosa es el manto de la muerte? Pero si estoy en medio del agua helada, eso es imposible.

Dejo de caer. Mi corazón está prácticamente apagado.

Abro los ojos. El entorno es del color de un durazno y ya no tengo frío. Es como regresar al vientre materno.

Así que esto es la muerte. Es volver al origen.

Y tus ojos siguen ahí. Siento que me estás acompañando en este pasaje.

¿Qué pasa? ¿Puedo caminar? Me incorporo. Me pongo de pie.

¿Esto qué es? ¿Es un capullo? Pasaron, no sé, ¿dos minutos? ¿Cinco? Ya debería estar ahogado.

¿Dónde estoy, chingada madre? ¿Es el purgatorio?

Tu miel sigue ahí.

Estoy solo en este espacio que no reconozco, pero te sigo teniendo conmigo.

Un paso más. Sigo avanzando. Esta superficie no la reconozco. Esto no es la tierra. No conozco todas las superficies terrestres, pero estoy seguro de que caminar en este planeta no se siente así.

Es oficial. Estoy muerto.

Y tal vez sea el pasaje por el purgatorio. No. Esas al final de cuentas son cuestiones fantásticas de religión que me he dado cuenta de que no existen con el paso del tiempo. No.

Un objeto aparece en la superficie. Es un triángulo. Parece metálico.

No sé dónde estoy. Ni siquiera sé si sigo en el planeta Tierra o estoy en otro lugar. Pero te siento aquí. Y solo por eso no tengo miedo.

No tengo nada que perder. Si estoy muerto, ¿qué más da?

Empiezo a caminar. La sensación del suelo sigue ahí, pero ya es algo propio. Sé que estoy aquí, no sé en dónde, pero estoy aquí y tengo que seguir.

Llevo cincuenta pasos cuando una pared enorme, como de cristal, aparece frente a mí. No tiene ningún sentido.

Al mirarlo más de cerca, parece una pirámide de tres lados. Es perfecta, simétrica. Está flotando y gira sobre un eje irregular. A pesar de su perfección, el movimiento es aleatorio.

Cada uno de los lados tiene un color diferente, todos metálicos. Lo más cercano que encuentro para describirlo es el color del aceite sobre el pavimento, ese tornasol. Pero cada lado es distinto.

Siento un deseo inmenso de tocarlo.

¿Qué más da? Ya estoy muerto.

Estiro la mano. Solo un dedo. Si algo va a pasar, prefiero perder este dedo. El chiquito de la mano izquierda.

Lo toco.

Es como mercurio. Metal líquido. Así se siente.

Carne. Sí, exacto. Esto es carne.

Estoy caminando sobre carne.

¿Cómo no lo pensé? Es carne. Y esta temperatura, claro. Sabía que había animales con sangre caliente, con una temperatura corporal más alta. Claro. Estoy caminando sobre un animal. Esto es un ser vivo.

¿Pero por qué tiene esta pirámide?

Y se empieza a mover.

El suelo se levanta. Estoy montado en un ser vivo. Se siente el compás de los pasos.

¿Es que acaso me estoy convirtiendo en un piojo cósmico?

Me agarro de la pirámide. Es lo único que tengo. La sujeto con las dos manos, pero es como si se derritiera, porque su constitución es un poco líquida.

Sigo avanzando. Pero insisto: estaba a punto de morir. ¿Por qué estoy teniendo ahora una aventura?

Cincuenta pasos más. De pronto, una pared enorme como de cristal. Me acerco.

Y veo tu habitación.

Un momento.

No. Estoy drogado, seguramente. Es un mal viaje. Es imposible que yo esté adentro de ti.

Damos los pasos. Nos dirigimos hacia la cocina y después a la calle. Te subes al auto. Nos vamos.

De pronto recuerdo: la pirámide sigue aquí. Es mi única posesión. Pero de eso me encargaré en otro momento.

Por ahora estoy feliz, mirando al mundo como nunca lo vi, rodeado de miel, en el lugar más hermoso del universo.


Siguiente
Siguiente

Cien años de soledad: la serie que no se podía hacer