… y entonces, salté al vacío

Cuando sientes que ya no hay opciones siempre queda una… saltar al vacío.

Desde hace poco más de 5 años comencé a darle vueltas a una idea. Tenía la necesidad de hacer algo más en mi vida. Tenía más de 10 años envuelto en una cultura laboral corporativa. Un trabajo demandante que me apasionaba pero que era particularmente complicado sobre todo por el perfil del puesto. Toma de decisiones constantes y comunicaciones que me hacían quedar regularmente “como el malo de la película”. Siempre hice mi trabajo con el mayor profesionalismo que podía, era gratificante para mi y me llenaba de orgullo. Sin embargo el resultado del trabajo, más allá de la remuneración económica por el mismo, servía para el crecimiento de alguien más, para el crecimiento de una compañía que no era la mía, me refiero a mi propia empresa, a mi marca personal.

Tal vez en algún momento te has sentido así, no me extraña. Es una sensación de necesidad de realización personal que va más allá de lo económico.

Regreso a la idea. Quería ser independiente. Quería que mi trabajo fuera benéfico para mi y que sirviera para construir un legado propio. No depender de las decisiones de alguien más. Quería, insisto, ser independiente.

El último año de mi antiguo empleo estuvo lleno de malos momentos. Fue un año muy complicado y eso alimentaba aun más mi deseo. En aquel momento no sabía lo que iba a suceder. Era un deseo que tenía forma de sueño pero que no sabía con certeza si sería posible cumplirlo.

Tengo 16 años al lado de una mujer extraordinaria, ella siempre ha sido mi mayor apoyo, es mi compañera de vida y en muchos casos ha sido mi inspiración. Creo que sin ella las cosas no hubieran salido como al final resultaron.

El final de mi periodo laboral fue inesperado, uno sabe que ocurrirá pero no sabes cómo ni cuándo, son pocos los que tienen esa fortuna. Algo sucede, algo pasa. Una chispa. Un momento… y entonces estás ahí. Llegó el día, estaba ahí, parecía un camino sin salida, o mejor dicho, parecía que la montaña que había subido y en la cual, de alguna manera, me encontraba en uno de sus puntos más altos llegaba a su final, como un peñasco, como un precipicio al que no se le ve el fondo.

Tenía opciones, claro que las tenía, pero no las deseaba, no las buscaba. Podría regresar por el camino andado, un camino conocido, seguir con lo que ya conocía, en la misma industria, el mismo deporte, e incluso más fácil, porque bien se sabe que es más fácil el camino de vuelta cuando ya lo conoces y es más fácil bajar, pero ese es el problema, era bajar, por lo mismo, a lo mismo, con lo mismo.

Entonces ante lo inesperado, que tanto esperaba, ante lo que no quería que ocurriera pero que tanto deseaba. Tuve que tomar la decisión y entonces lo hice. SALTÉ AL VACÍO.

Aún sigo en la caída, no sé cual sea el destino, no sé si la caída sera dolorosa o no. Pero algo sé y eso nadie me lo cuenta. Uno aprende a volar. No me había sentido tan libre como durante el último año, no me había sentido tan lleno de vida como en los últimos meses. No sabía que tenía alas hasta que tuve que utilizarlas.

La caída es emocionante, te asfixia y el viento te golpea. Por momentos me di contra una pared y otra. Lloré, de dolor y de miedo. Por desesperación y por sentirme sólo y perdido. Pero ya pasó. Ahora, tomo poco a poco el vuelo y parece que el horizonte brillante se ve detrás del pico de la montaña. No hay más miedo, no hay temor, ya brinqué del peñasco, ya lloré y me cagué del miedo, ya pasó. Ahora viene lo mejor.

¿Y te digo algo?

Es increíble y no cambiaría por nada del mundo lo que me esta pasando ahora y de la manera que lo estoy viviendo.

Cuando quieras te invito a volar conmigo.


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